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Reflexión

Si las personas tuviésemos un verdadero código ético personal, no serían necesarias las leyes.

 
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Publicado por en 31 marzo 2013 en pensamiento crítico, personal

 

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Falacia “open-minded” (o mentes abiertas)

Hay una opción en el correo electrónico que nos ayuda a gestionarlo. Con los filtros podemos clasificar de manera automática los emails deseados bajo diferentes categorías y/o carpetas, mientras facilita la detección de los no deseados enviándolos a la carpeta de spam, e incluso suprimiéndolos en el acto.

Aunque los filtros son una herramienta muy útil, me pregunto cuanta gente les saca partido. Y no sólo me refiero a los filtros del correo electrónico. En nuestro día a día, usamos diferentes técnicas de manera más o menos inconsciente para llevar a cabo la toma de decisiones. Establecemos qué es importante de lo que no, qué es útil y qué no lo es, qué objeto es el correcto para hacer esto o aquello… Filtramos la información que nos llega de manera que nos pueda servir para generar conocimiento que nos ayude de alguna manera a realizar nuestras tareas. Y esto se hace porque la capacidad de acumular información de nuestro cerebro es limitada.

Desde que me metí en esto del escepticismo, he leído y oído bastante sobre la dicotomía mente abierta/mente cerrada. Dentro del contexto magufo, pero también en el eco-iLógico, se acusa a científicos y escépticos de tener una mente cerrada por no “creer”.

¿Y qué tiene que ver como tenga de agrietada la cabeza con los filtros? Seguid leyendo, si tenéis curiosidad.

Mente abierta vs. mente cerrada

Según el significado popular, una persona de mente cerrada es aquella que rechaza cualquier tipo de conocimiento nuevo. Por el contrario, una persona de mente abierta es alguien dispuesto a recibir nueva información sobre algo, a aprender y, llegado el caso, desechar una serie de conocimientos incorrectos.

Se supone que quienes están a favor de las terapias alternativas, los “saberes” místicos, y vivir con lo que mamá naturaleza nos da tienen una mente abierta. Los que tienen una mente cerrada, entonces, son aquellas personas que rechazan este tipo de… cosas, “por que no las comprenden ni quieren comprender”. Es decir, los científicos (porque hay cosas que la Ciencia no puede explicar) y los escépticos (que dudan de todo).

Pero lo gracioso del asunto es que justamente tanto científicos como escépticos estamos encantados si alguien viene a contradecirnos en nuestras convicciones. Lo único que le pedimos es que nos traiga pruebas fehacientes. Más de uno se sorprendería ver la facilidad con que la comunidad científica está dispuesta a reformular, e incluso desechar, hipótesis y hasta leyes, como a punto estuvo de suceder con los neutrinos que superaban la velocidad de la luz.

Ahora, dile a una persona eco-iLógica con todos los informes y estudios posibles sobre que los vegetales “naturales” tienen el mismo valor nutricional que los convencionales, que está pagando el triple o el cuádruple por unas patatas de la misma calidad (o incluso peor) que las del súper, y veremos qué pasa.

La Ciencia prospera gracias a las personas curiosas, que se interesan y quieren entender lo que sucede a su alrededor. Tienen montones de preguntas a las cuales buscan una respuesta. Las más de las veces hallarla no es para nada fácil, y continuamente tienen que cambiar sus posturas rechazando hipótesis al adquirir nuevos conocimientos sobre aquello que investigan.

No se conforman con afirmaciones rápidas y sencillas, pues saben que tales afirmaciones son falsas, generalmente se contradicen entre ellas, y no les van a servir de nada. Luchan por encontrar explicación a los acontecimientos más nimios y, lo más importante, el conocimiento que obtienen lo acumulan y comunican al resto de individuos.

Filtros cerebrales

¿Recordáis lo que os comentaba al principio de que nuestro cerebro filtra la información que le llega? Como dije, esto se suele realizar de manera inconsciente para realizar por ejemplo tareas mecánicas (lavarse los dientes, rellenar un vaso con agua… me seguís); pero algunas veces tenemos que detenernos a pensar. Sobretodo nosotros, homo sapiens, buscamos encontrar la respuesta a ciertas dudas existenciales (bueno, existenciales más o menos). Para ello tenemos tres mecanismos.

Podemos tratar de olvidar las dudas poniéndonos a hacer otra cosa, cerrar nuestros sentidos para que no nos entretengan en cosas “sin importancia”.

O también podemos indagar un poco, preguntando aquí y allá, con dar alguna respuesta… y nos tragamos la primera mierda que nos digan. Total, de alguna manera tendrán que suceder las cosas, y es más fácil de imaginar y suena más poético decir que Zeus lanza rayos a la Tierra porque está enojado, que decir que son causados por una perturbación atmosférica.

O, una vez hemos dado con unas cuantas respuestas, no detenernos ahí: analizar cómo se ha llegado a esas hipótesis, si han habido datos nuevos, cuantas personas han llegado a las mismas conclusiones… Y aprender a descartar aquellas respuestas que no se sostienen por la falta de datos, porque se contradicen con otras más plausibles e incluso a sí mismas, y/o porque no hay manera de saber si son afirmaciones verdaderas.

Para ello es aconsejable hacer funcionar nuestros propios filtros. ¿Y cómo se puede hacer? Se puede empezar por detectar cuales son los conceptos que nos interesan (a nivel personal, profesional, académico, etc.), determinar cual sería su importancia en cuanto a utilidad, y no olvidar actualizarlos.

Al hablar de productos para el consumo, por poner un ejemplo, “tóxico” puede ser un concepto más útil que “orgánico”. Básicamente porque “orgánico” es todo aquello que procede de seres vivos, que suele ser el 100% de lo que comemos, mientras que “tóxico” es una propiedad indicativa de que el producto es nocivo para la salud. Cuando se recetan preparados de Rhus toxicodendron, lo que menos debería preocupar es cuan natural y “orgánicas” son las hojitas, si no la elevada toxicidad de la planta. Y, a raíz de ello, especular sobre la profesionalidad de quien está aconsejando tomarlas.

Tener una mente abierta no es pernicioso, pero si no prestamos atención, se nos puede caer el cerebro. Por ello, mejor sujetarlo con unos buenos filtros😉

 
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Publicado por en 23 febrero 2013 en pensamiento crítico, trucos

 

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¿Ateísmo y Navidad? ¡Por supuesto!

¡Llegó la Navidad! Esa época mágica para el consumismo capitalista donde todo el mundo compra, invita, paga… Es cuando más nos juntamos con la gente, desde la familia hasta los compañeros de trabajo. Para los creyentes se celebra el cumpleaños de Jesucristo, para los paganos, el Solsticio de Invierno (aunque esto se debería haber celebrado entre el 21 y el 22, no me seáis tan hipócritas), Yule, las Saturnalia, o la victoria de Mitra o Sol Invicto.

Pero ¿un ateo? ¿Qué puede celebrar un ateo?

Para empezar, el nacimiento de figuras singulares, como Isaac Newton.

También aprovechamos la comilona que nos paga la empresa. Vale, no todo el mundo nos cae bien; de hecho, estaríamos mejor en casa. Pero oye, ya que el jefe y los de recursos humanos se lo curran y te ahorran la cena de ese día, ¿por qué no aprovecharlo? Y dentro de esta categoría de celebración entrarían la paga extra de Navidad, la “caja”, y la copichuela última antes de vacaciones.

Ah, bueno, es verdad. Tiempo de crisis. De pagas extra y cenas no han habido mucho, ni siquiera para aquellos que conservan su empleo.

¿Entonces?

La cuestión no son las creencias, si no la vida de cada uno, sus circunstancias.

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En la antigüedad más remota, el solsticio de invierno significaba en muchas culturas la vuelta al hogar para afrontar el duro invierno. La última cosecha requería de la ayuda de toda la familia y de los vecinos y, tras el trabajo, tocaban las celebraciones. Este sentimiento queda vivo en la sociedad hasta nuestros días, quedando patente en tradiciones que se pierden en el tiempo como el tió de Nadal.

Cuando te das cuenta del transcurrir de los años y que cada vez ves menos a aquellas personas que estaban cerca de ti sobretodo durante la infancia, se ven con otra perspectiva estas fechas. Días de reunión que a muchos se les antojan anodinas y pesadas, para otros estas fiestas son la oportunidad de ver a seres queridos que hace tiempo no vemos, contarnos cómo va la vida, nuevas anécdotas y revivir viejos recuerdos.

¿Y qué hay del consumismo capitalista? Siempre hay personas que desprecian el más mínimo detalle, bien por que consideran estas fechas un despilfarro o por hacer simplemente la puñeta. Hay gente pa tó, al fin y al cabo.

Sin embargo, más allá de las creencias, de la tradición, del consumismo capitalista, del gastar por gastar, e incluso más allá del “te regalo esto para que me regales aquello”, muchos apreciamos el detalles en sí. Porque un regalo no tiene porqué ser un trasto más. No es necesario un regalo caro, ni siquiera muchos regalos, pues la sorpresa y la alegría que alguien se haya molestado por saber qué te gusta, qué necesitas, no tiene precio.

En fin, llamémoslo fiestas de invierno, Navidad, Yüle, pero independientemente de lo que creamos, hay algo en estas fechas que merecen una atención especial, incluso para gente que no cree en energías místicas ni en seres sobrenaturales.

Sólo aquellas personas que no se dan cuenta de esto, consideran la Navidad como la época mayor del despilfarro. Pobres ellos. En mi caso, es el momento de reencontrarme con la familia, de tomarme un pequeño respiro y, como no, disfrutar de los regalos, ya sean sorpresa como autocomprados, pues todos nos merecemos querernos un poco😉

Os dejo con mi villancico favorito, del genial Tim Minchin, que explica mejor que nadie por qué algunos ateos celebramos la Navidad.

¡Felices fiestas!🙂

 
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Publicado por en 25 diciembre 2012 en ateísmo, personal

 

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