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Archivos Mensuales: diciembre 2012

¿Ateísmo y Navidad? ¡Por supuesto!

¡Llegó la Navidad! Esa época mágica para el consumismo capitalista donde todo el mundo compra, invita, paga… Es cuando más nos juntamos con la gente, desde la familia hasta los compañeros de trabajo. Para los creyentes se celebra el cumpleaños de Jesucristo, para los paganos, el Solsticio de Invierno (aunque esto se debería haber celebrado entre el 21 y el 22, no me seáis tan hipócritas), Yule, las Saturnalia, o la victoria de Mitra o Sol Invicto.

Pero ¿un ateo? ¿Qué puede celebrar un ateo?

Para empezar, el nacimiento de figuras singulares, como Isaac Newton.

También aprovechamos la comilona que nos paga la empresa. Vale, no todo el mundo nos cae bien; de hecho, estaríamos mejor en casa. Pero oye, ya que el jefe y los de recursos humanos se lo curran y te ahorran la cena de ese día, ¿por qué no aprovecharlo? Y dentro de esta categoría de celebración entrarían la paga extra de Navidad, la “caja”, y la copichuela última antes de vacaciones.

Ah, bueno, es verdad. Tiempo de crisis. De pagas extra y cenas no han habido mucho, ni siquiera para aquellos que conservan su empleo.

¿Entonces?

La cuestión no son las creencias, si no la vida de cada uno, sus circunstancias.

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En la antigüedad más remota, el solsticio de invierno significaba en muchas culturas la vuelta al hogar para afrontar el duro invierno. La última cosecha requería de la ayuda de toda la familia y de los vecinos y, tras el trabajo, tocaban las celebraciones. Este sentimiento queda vivo en la sociedad hasta nuestros días, quedando patente en tradiciones que se pierden en el tiempo como el tió de Nadal.

Cuando te das cuenta del transcurrir de los años y que cada vez ves menos a aquellas personas que estaban cerca de ti sobretodo durante la infancia, se ven con otra perspectiva estas fechas. Días de reunión que a muchos se les antojan anodinas y pesadas, para otros estas fiestas son la oportunidad de ver a seres queridos que hace tiempo no vemos, contarnos cómo va la vida, nuevas anécdotas y revivir viejos recuerdos.

¿Y qué hay del consumismo capitalista? Siempre hay personas que desprecian el más mínimo detalle, bien por que consideran estas fechas un despilfarro o por hacer simplemente la puñeta. Hay gente pa tó, al fin y al cabo.

Sin embargo, más allá de las creencias, de la tradición, del consumismo capitalista, del gastar por gastar, e incluso más allá del “te regalo esto para que me regales aquello”, muchos apreciamos el detalles en sí. Porque un regalo no tiene porqué ser un trasto más. No es necesario un regalo caro, ni siquiera muchos regalos, pues la sorpresa y la alegría que alguien se haya molestado por saber qué te gusta, qué necesitas, no tiene precio.

En fin, llamémoslo fiestas de invierno, Navidad, Yüle, pero independientemente de lo que creamos, hay algo en estas fechas que merecen una atención especial, incluso para gente que no cree en energías místicas ni en seres sobrenaturales.

Sólo aquellas personas que no se dan cuenta de esto, consideran la Navidad como la época mayor del despilfarro. Pobres ellos. En mi caso, es el momento de reencontrarme con la familia, de tomarme un pequeño respiro y, como no, disfrutar de los regalos, ya sean sorpresa como autocomprados, pues todos nos merecemos querernos un poco 😉

Os dejo con mi villancico favorito, del genial Tim Minchin, que explica mejor que nadie por qué algunos ateos celebramos la Navidad.

¡Felices fiestas! 🙂

 
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Publicado por en 25 diciembre 2012 en ateísmo, personal

 

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Piensa en tu tiempo

Las últimas semanas he estado bastante atareada. Esto no es nada raro, viendo las fechas que son. Además, el ser humano no ha evolucionado para hacer más de tres cosas a la vez. Vale, masticar chicle y caminar al mismo tiempo puede hacerse. Pero no me refiero a eso.

A pesar de estar ocupada, siempre me permito algún respiro, y justo lo aproveché para mirar el Reader. Encontré algunos consejos para tomar la vida con más tranquilidad; no renunciando al trabajo, pero sí organizarlo mejor. Algunos eran nuevos para mi, pero otros ya los conocía.

Me gustaría compartirlos, sobretodo en esta época donde todo el mundo va contrarreloj. Pero de una manera muy mía, añadiendo cosas que puede muy pocos hayan tenido en cuenta.

Esta entrada puede que no tenga demasiado que ver con lo tratado anteriormente. Sin embargo, lo primero que recomiendo es pensar 😉

Pensar antes de actuar

Párate un momento antes de nada y evalúa qué tienes que hacer. ¿Qué te han pedido? ¿Cómo lo puedes hacer? ¿Qué te va a reportar?

Mira la chorrada que es quedarse pensando qué ganaría yo fregando los platos. Bueno, para empezar, me he quedado sin enseres de cocina para hacerme la cena. Oh sí, tengo un trabajo que revisar pero, ¿ sabéis lo molesto de estar pensando con el estómago vacío?

Con pensar antes de realizar la tarea me estoy refiriendo a analizar el TUU (ehm… sí, me he inventado el acrónimo; ¿pero a que suena bien?):

  • Tiempo: cuanto tiempo conlleva realizar la tarea y, ya de paso, cuanto de qué otros recursos (dinero, por ejemplo) se va a necesitar.
  • Utilidad: el meollo de la cuestión, el “para qué” ¿Cual es el propósito de la tarea? ¿Qué voy a ganar con ello? ¿Me va a solucionar un problema o voy a salir beneficiado de alguna manera? O, por el contrario, ¿qué voy a perder, a parte de tiempo?
  • Urgencia: relacionada con la anterior, responde a la pregunta: ¿es importante? Mejor dicho, ¿es importante a corto plazo, ahora? Esto es algo que muchas madres y muchos jefes llevan fatal.

Pararse a analizar críticamente todo eso nos va a resultar más útil de lo que muchos piensan.

Priorizar

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No me convence a mi este reloj…

¿Qué es peor, que te maten o que te expulsen de Hogwarts? Según Hermione Granger, lo segundo.

Aplicado a un ejemplo de la vida real, ¿qué es mejor: pasarte la noche estudiando para una asignatura cuya nota máxima a la que puedes aspirar es un 6, o terminar un proyecto optativo para esta otra en la que llevas una media de notable y puedes llegar al excelente?

Madres y padres dirán sin problemas la primera opción, siempre y cuando no se puedan hacer ambas en una misma noche. Pero cuando una persona lleva un tiempo en el mundillo académico aprende que un 5 o incluso un 6 no tienen por qué ser mejor que un “no presentado”, y que un 9 es bastante mejor que un 8 (es la gran diferencia entre notable y excelente). A menos que te estés jugando una beca, la segunda opción resulta más atractiva. ¿Que tendrías que estar un año más por una asignatura? Bueno, pero tu expediente será mejor que el del becado y es posible que tengas acceso a otras becas y/o trabajos más interesantes.

No todo es blanco o negro. Ni lo más fácil es trivial, ni lo que parece importante lo es en realidad. El dicho “no dejes para hoy lo que puedas hacer mañana” no siempre tiene connotaciones negativas. A veces vale la pena tumbarse en el sofá a echarse una siesta antes de meterse de lleno en ese informe super-ultra-importante, sobretodo si no has dormido bien por la noche y te duele la cabeza.

¿El truco? Pensar qué conviene más a uno mismo. Por que a veces hay que ser un poco egoísta y cabroncete para poder ayudar a los demás

En el ejemplo del examen, tus padres estarán orgullosos de que lo hayas aprobado todo. Pero tú habrás ido de culo aquella noche, te habrás quedado con un aprobado raspado en la asignatura difícil y un triste notable en la otra. Probablemente te hubiese salido más rentable repetir la asignatura difícil al año siguiente, de manera que hubieses podido sacar más nota y tener un mejor expediente. Además, ¿quien está estudiando, tú o tus padres? La universidad no es el instituto; si no puedes con una asignatura, la puedes dejar para el año siguiente sin que ello medre el resto del curso.

(En cuanto a las preferencias de Hermione, también creo que debe replantearse sus prioridades)

Saber decir “no”

Es duro, y más cuando quien nos pide el “favor” tiene el poder de derretir con una sonrisa, o nos puede cortar el grifo (más conocidos como los padres). Pero a veces hay que plantar cara y decir “no, no puedo hacer esto ahora”.

Porque hay favores que no son tales. Por un lado, muchas veces simplemente estamos haciendo el trabajo de otra persona de manera que ésta se aprovecha de que somos unos buenazos y recurrirá siempre a nosotros para que le “echemos un cable”. Por otro, porque impedimos que aprenda, que dependa de nosotros, y es probable que luego no sepa cómo sacarse las castañas del fuego.

Y, por último, evitamos el tener que hacer trabajo extra sacrificando nuestro propio tiempo. No es hacer caso omiso al “hoy por ti, mañana por mi”, si no más bien no cargarse de un trabajo que es probable nunca nos sea recompensando. Por que muchas veces el “hoy por ti” da paso a un “ni mañana ni pasado por mi”.

Cierra la paraeta si estás enfermo

En los últimos años ha descendido el número de bajas laborales por miedo a perder el trabajo. Seamos sinceros, algunos se pasan. Sin embargo, cada persona es un mundo y hay individuos que sufren dolencias con frecuencia que les impiden llevar a cabo sus tareas.

Si se está enfermo o se tiene alguna molestia que provoque malestar, lo mejor que se puede hacer es, primero, ir al médico. Segundo, hacerle caso. Tercero, descansar de verdad (no, no sirve que no vayas al trabajo pero te quedes limpiando la casa).

Un simple resfriado puede convertirse en una pesadilla. El trabajador que lo padezca tendrá dificultades en realizar bien sus tareas a causa de los incómodos síntomas (mucosidad, tos, dolor de cabeza, etc.) y el agotamiento típicos de esta enfermedad. Pero el problema es que, en poco tiempo, lo sufrirán el resto de trabajadores, sobretodo si comparten un espacio mal ventilado, e incluso puede llegar a contagiar a los clientes. El resultado, como 15 días de bajo rendimiento laboral, que se traducen en un descenso de la productividad. Y eso que tiene una solución muy simple: concederle un permiso de 3 a 5 días a aquellos individuos que presenten los síntomas. Y ventilar el espacio.

Planificar el tiempo

No sólo se trata de marcar en una agenda y/o calendario las diferentes tareas. Muchas veces el hito se queda ahí, apuntado en el día X, marcado con fosforescente y subrayado en rojo. Eso poco va a ayudar; lo único que vamos a conseguir es asustarnos al ver la página como si alguien la hubiese usado para contener una hemorragia. Bueno, un poco exagerado. Lo que no es una exageración es que, el hecho de ver las tareas pendientes, puede provocar ansiedad.

Es muy útil desglosar la tarea en subtareas o trabajos. Llevar una lista de las mismas es beneficioso por varias razones: se visualiza mejor el trabajo a realizar, ayuda a priorizar y, sobretodo, la satisfacción que da el ir tachando cada trabajo realizado no la quita nadie.

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Tiempo de descanso

Hay diferentes técnicas que se pueden usar para llevar a cabo las tareas. Una de ellas es dedicar un tiempo al día para realizar dicha tarea; pero sólo un tiempo, sean minutos o un par de horas, no toda una jornada. Un truco es programar el reloj durante un lapso de tiempo determinado; cuando éste se agota, se hace un descanso y se pasa a la siguiente tarea. Esta es la técnica del Pomodoro, aunque también hay algunas aplicaciones para móvil con la misma función, como 30/30.

Pero planificar las tareas no sólo es cuestión de hacerlo entre semana. Durante el tiempo libre también es conveniente dedicar un espacio a realizar aquellos trabajos que siempre se han dejado apartados. Con esto se consigue tener de verdad tiempo libre para nosotros. Un tiempo para cada tarea, y un rato para el descanso.

Enseñar

¿Cansado de instalarle de nuevo el sistema operativo a su primo? O bien le cobras por los servicios, o le enseñas a que se lo instale él mismo. Como ya comenté unos párrafos más atrás, no siempre el favor es tal. En esta sociedad tan amante de la vagancia, el hecho de que hayan personas dispuestas a ayudar es un tesoro pero, por desgracia, mal considerado.

¿De verdad quieres ayudar? Entonces tómate un tiempo para enseñar a la otra persona cómo puede solucionar su problema. Como reza el proverbio “regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida”. Más claro, agua destilada.

¿Que no lo pilla o no tiene tiempo de explicaciones? Bueno, ¿y si redactas un manual? Algo tan simple como escribir en un papel las instrucciones para conectar el reproductor DVD o encender la lavadora es aún ayuda igualmente.

Aunque, si es posible, enseña. Por un lado, estarás ayudando de verdad a la otra persona, que se sentirá útil cuando al fin consiga hacer la tarea por sí misma. Por otro, estás dedicando tiempo a conoceros mejor. Y, por otro, tú también estarás aprendiendo.

Tómate un respiro, sociedad

¿Alguien conoce el dicho “quien mucho abarca poco aprieta”? Toda esa gente que se hace de admirar porque tiene 20 proyectos a la vez. Luego, cuando las conoces un poco más, te das cuenta que algo falla: se dejan cosas pendientes, no prestan atención a lo que hacen, incumplen promesas (“Pobre, va tan atareado… En fin, ya celebraremos nuestro aniversario dentro de cinco meses…”), su salud se resiente… La lista es larga.

En esta sociedad se entiende que, cuanta más carga de trabajo tienes, es porque eres más inteligente, más capacitado, más organizado y más buena persona. ¿Pero hasta qué punto sirve que te consideren así cuando te quedas solo? Solo porque no tienes tiempo para tus seres queridos, tampoco para hacer nuevas amistades, por mucha gente que conozcas (sobre la diferencia entre amigo y conocido, ya hablaré otro día) y, obviamente tampoco tienes tiempo para dedicarte a ti mismo. Lo peor es cuando se llega a extremos de comportarse en la vida privada como si fuese un trabajo más, y tratar a la pareja o a los amigos como trabajadores subordinados.

Porque muchas veces no nos damos cuenta de aquello que de verdad tiene importancia hasta que es demasiado tarde. Por ello, es bueno parar de vez en cuando, y pensar qué estamos haciendo.

Y, mientras tanto, darnos un respiro y seguir el consejo del gran Gandalf:

“Sólo tú puedes decidir qué hacer con el tiempo que se te ha dado” (Gandalf)

El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo (JRR Tolkien)
 
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Publicado por en 15 diciembre 2012 en organización, salud, trucos

 

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“Es que soy de letras”

¿Cuantas veces habré oído esa afirmación? Usada tanto como disculpa para alguien que se ha equivocado haciendo cálculos, como a la hora de escaquearse una persona cuando se le está explicando algún concepto científico. “Yo es que soy de letras”. Y dejamos de insistir. Cada uno tiene su formación y, si a uno no le enseñaron de pequeño la teoría de la relatividad, pues mira, no tiene la culpa.

¿Pero a que todos sabemos contar? Si no fuese el caso, las carreras de economista y matemáticas serían un chollo. Todo el mundo contratando a alguien que haga cálculos por ellos.

Más lejos de la realidad, lamentablemente para los matemáticos.

Dime y olvidaré, muéstrame y podría recordar, involúcrame y entenderé

Es curioso cómo la sociedad ha ido desplazando los saberes científicos a un segundo plano. A una persona “de ciencias” se le recrimina si sus conocimientos sobre historia, literatura, arte y demás humanidades son escasos o nulos. ¿Por qué no hay el mismo sentimiento hacia personas “de letras” que no saben qué es la tabla periódica, que la evolución es real o que las mareas son causadas por la Luna?

Quizá es porque “ser de letras” es más común ya que, supuestamente, hay que hacer menos esfuerzo intelectual. O eso es lo que parece.

La enseñanza de humanidades se caracteriza por la pura y dura memorización de los datos, siguiendo un hilo mínimo de coherencia lógica (si sucede B, es porque sucede A; y punto). Cualquier individuo sin demasiados problemas de memoria puede almacenar mucha información que, con mínimo esfuerzo de comprensión, puede transformar en conocimiento útil.

Sin embargo, para adquirir conocimientos científicos, es necesario realizar un esfuerzo de comprensión mayor. Además, para ayudar a dicha comprensión, se necesita de comprobación empírica o ejemplos; experimentos, vamos. El problema es que pocos profesores se esfuerzan por realizar hasta los más sencillos y, sobretodo, escasos son los centros escolares con recursos suficientes para que se puedan llevar a cabo.

Con este panorama, se resuelve enseñar ciencias a base de la obligatoria memorización de conceptos, sin reparar en que esta es la peor manera para que los alumnos aprendan. Sólo aquellos con suficiente capacidad de comprensión, imaginación y, sobretodo, curiosidad pueden entender por ellos mismos los diferentes conceptos explicados y verse atraídos por las ciencias de tal manera que decidan continuar estos estudios. Pero para la mayor parte de los escolares, es terriblemente anodino soportar lecciones científicas mediante la memorización de datos y la aplicación de las diferentes fórmulas en problemas que les cuesta visualizar sin ningún tipo de ejemplo palpable. Estos estudiantes salen del instituto con una visión más deprimente que atractiva de aquello que la Ciencia les puede ofrecer; acaban renunciando a recibir cualquier tipo de conocimiento científico de por vida y, a la hora de realizar estudios universitarios, optan por las carreras más fáciles, supuestamente, ciencias sociales, arte y humanidades (para descubrir, demasiado tarde, que en menudo berenjenal se han metido).

¿Se le dan mal los números? Puede que padezca discalculia

matemáticas, peligro, señal

¡Ui, que susto!

La mayor parte de las personas conoce la dislexia, el trastorno identificado con la dificultad en la lectura y que imposibilita la correcta comprensión de aquello que se lee. Viene causada cuando el cerebro no reconoce ni procesa adecuadamente ciertos símbolos, y perjudica el aprendizaje y el rendimiento de la persona que lo padece, sin que existan otros problemas de tipo sensorial, físico, motor o deficiencia educativa.

Pero muy poca gente sabe qué es la discalculia. Se trata de otro trastorno del aprendizaje que afecta a la capacidad para el procesamiento numérico y el cálculo. Quienes padecen este trastorno tienen problemas como:

  • confusión de signos, reversión o transposición de números,
  • dificultad para memorizar tablas y fórmulas,
  • dificultades relacionadas con la orientación espacial,
  • dificultad para comprender y recordar conceptos, reglas, fórmulas y secuencias matemáticas,
  • dificultad con el cálculo mental, junto con la necesidad de ayudarse de los dedos para contar.

Todo esto afecta a la larga al rendimiento académico en cuanto a adquirir nuevos conocimientos científicos, al estar vinculadas materias como física y química al cálculo matemático.

Aunque la discalculia tiene un tratamiento, si cabe, sencillo, lamentablemente es poco conocida. Normalmente, cuando un alumno tiene problemas con las matemáticas, se culpa a que es una asignatura compleja, que el docente es un mal profesor, e incluso que el estudiante es un negado. No se reconoce que pueda sufrir discalculia y, en vez de buscar a un especialista, los tutores o bien le apuntan a clases intensas de repaso que sólo sirven para desanimar al estudiante, o terminan por aceptar que al chico o a la chica simplemente se le dan mal las matemáticas y que, por tanto, mejor se dedique a “algo de letras”.

Craso error.

Que una persona tenga un trastorno de discalculia, no significa que esté incapacitada para las ciencias en general. Le va a costar más esfuerzo comprender los conceptos y visualizar los ejemplos, pero no por ello va a tener que renunciar a saciar su curiosidad.

Yo también soy de letras, ¿y qué?

Soy discalcúlica desde los 8 o 9 años. Aunque quise hacer biología, no tuve suficiente nota en la selectividad, y opté por una carrera de ciencias sociales como es biblioteconomía. Pero accedí a ella a través de la modalidad de bachillerato en ciencias de la salud, y no me arrepiento para nada de ello. A pesar de las horas de repaso en matemáticas y química, me sorprendí a mi misma resolviendo con soltura problemas de física. Y, cuando años después sin tocar ninguna fórmula química me topé con una optativa sobre terminología científica, me di cuenta de cuanto las había echado en falta.

No es necesario ser un crack en matemáticas para que te gusten las ciencias. Sólo se necesitan curiosidad y ganas de aprender.

Hace más quien quiere que quien puede. Por ello, cada vez que una persona dice “Yo es que soy de letras” me está dando a entender varias cosas. Por un lado, que tiene escaso o nulo interés por lo que pasa a su alrededor, motivo por el cual a cualquiera se le van las ganas de explicarle nada. Por otro, que dicha persona se reconoce como estúpida, aunque muy probablemente no lo sea. Pero, sobretodo, que es un homenaje a la vagancia.

Que una persona haya dedicado su formación a las ciencias sociales (que son ciencias, al fin y al cabo, y con la excusa de “soy de letras” lo único que transmite es incompetencia), a las artes (que, por cierto, tienen mucho que ver con la Ciencia y las matemáticas), o a las humanidades no conlleva que su nivel científico se quede en dos más dos igual a cuatro.

Con lo divertida que es la Ciencia… Da para situaciones como esta:

– ¿Segundo apellido?
– Espí
– ¿Acabado en I?
– Sí
– ¡Ah! Es que el mio es Espín, acabado en N.
– Ah, vale. Y, ¿se siente usted una partícula?*
– ¿Cómo?

* El espín es una propiedad física de las partículas subatómicas; indica el momento angular o cinético asociado a dicha partícula.
 
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Publicado por en 1 diciembre 2012 en Ciencia, pensamiento crítico

 

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